domingo, 21 de octubre de 2012

Piedritas en la pared.

- Hola, Virginia ¿Podés salir a jugar?
- No. Recién me llamó mi abuela que ya está lista la merienda. Más tarde.
- Pucha. Bueno, te espero acá afuera.
- No, mejor andate a dar una vuelta en la bici y volvé después, Rosario.
- Bah ¿Por qué?
- Porque siempre tocás las piedritas brillantes de la pared y se rompen. Son de mi abuela.
- Nada que ver. Qué mala sos, las estoy mirando no más.
- Las estás tocando y se van a salir. Son de mi abuela, te digo.
- Andá, sos re mala. Además son feísimas las piedras esas, parecen vidrios de botella.
- Vos sos una envidiosa. Le voy a contar que le estás rompiendo la pared y que decís malas palabras, seguro no me va a dejar juntarme con vos.
- ¿Sabés qué? No hace falta, nena. Andá a jugar con tu abuela, yo no juego más. Te vas a quedar sola por egoísta. Chau.

Y efectivamente, después de casi veinte años Virginia está bastante sola. Me contaron. Su abuela aún vive y yo, cuando paso por ahí, como hice siempre a partir de esa tarde, paso cerquita y como quien no quiere la cosa, camino rozando disimuladamente con un dedo o dos las piedritas brillantes de la pared. Y sonrío. Recuerdo. Y tengo ocho años otra vez. Y sonrío.

sábado, 20 de octubre de 2012

Otra carta sin enviar.


Sábado a la noche y.. ¿Otra vez ya es mañana? Domingo. Otra vez domingo. Los sábados no me gusta ir a dormir temprano, aunque me quede en casa. Prefiero extender la previa de ese día al que incluso después de diez años de vivir sola, no me he acostumbrado. Pero hoy dicen que es el día de la madre. No sé, así dicen. Y entonces pensé en escribir. En escribirte.

Recuerdo esos domingos a la mañana. Me iba corriendo hasta tu cama y te miraba mientras dormías, como queriéndote decir: ¿Te acordás de mí? Soy la que canta en voz alta, la que escribe con crayones las paredes, la que corta las rosas de la abuela y le echa la culpa de todo a los gatos. Soy la de la biblioteca, la de las manzanas verdes debajo del árbol de la plaza. La de las manos embarradas. Soy yo, la que pasa las mañanas en la carpintería porque nunca estás.

¿Pero vos quién sos?
Recuerdo tu pelo ondulado hasta los hombros, tus carteras enormes llenas de todo y nada, tus ojeras, tu palidez y tu café. Tus manos grandes, frías y descuidadas. Tu tristeza y tus ganas de escapar ocultas bajo tu rostro inmutable. Tu incapacidad para mantener una conversación durante más de tres minutos.
¿Te acordás cuando te leía lo que escribía? Mirabas fijo, con los ojos extraviados, pensando quién sabe en qué otras cosas. Te adormecías. Tus ojos siempre vacíos de lágrimas y llenos de ausencias. Tu eterna ausencia. A veces también cantábamos ¿Te acordás? Es probable que ya no.

Tal vez mi sensibilidad para recordar los detalles me juegue en contra y me haga exagerar momentos y situaciones. Pero así te recuerdo. Y así también olvido: con todo.
Te fuiste dos días antes de mi cumpleaños ¿sin decir adiós? Tal vez lo dijiste y no lo escuché. Tal vez fue un hasta luego porque vos tampoco querías irte. Dejame, que yo de vez en cuando lo quiero pensar así. 
Qué paradoja la de no encontrarte aún sabiendo dónde estás. A veces me vuelvo a preguntar qué habré hecho mal, a veces creo que hice las cosas demasiado bien. Crecí y hay cosas que ya no duelen tanto.

Hoy es un día extraño. No sé para qué habrán inventado días como estos. Después pienso que tal vez llegue uno en el que yo sí pueda festejar en paz. De hecho, estoy segura de que lo voy a hacer. Ojalá llegues a verlo y te haga bien verme feliz. Aunque sea a la distancia, no importa. Hoy no te voy a decir feliz día. Hoy te voy a decir aunque nunca llegues a escucharlo, que después de muchos años te perdoné. 

Ojalá alguna vez nos volvamos a encontrar en serio, mamá.

lunes, 15 de octubre de 2012

La felicidad es otra cosa.


Cocino para uno pero en realidad para dos. El vidrio está empañado y dejo una marca con el dedo. Un trueno. Mientras se calienta el agua miro con los ojos ciegos y helados por la ventana hacia no sé dónde. De esos momentos en los que mirar es sólo una excusa para mantenerse despierta, para mirar sin ver. Para recordar. Te recuerdo. 
Entreabro la ventana y llega ese olor a lluvia que me gusta tanto. Respiro profundo, cierro los ojos y retengo el aire la mayor cantidad de tiempo posible, como para que me llene el alma si es que se puede.
Pero la felicidad es otra cosa.
Como cuando bajo del taxi de tu mano sin mirar atrás y con la certeza de que ya no me falta nada. Como cuando te veo sobre mí, sonriendo en silencio, abrazándome el pecho y el alma con los ojos cerrados. Ese instante de felicidad abrumador e inconciente en el que nada más importa. Que se caiga el mundo a pedazos, vamos.
Otro trueno me saca del trance y me obliga a soltar el aire de golpe y ahora, la mirada atónita sobre el agua derramada en la cocina.
Es otra noche más de esas que significan una noche menos. Y yo sigo acá esperando. Esperando y extrañando los futuros que aún no sucedieron.
Es que a partir de vos la felicidad, la felicidad es otra cosa.