domingo, 26 de febrero de 2012

Paseos nocturnos I

Clara era una caminante insomne. Caminaba sola y solía perderse cuando el atardecer moría. Le gustaba vagar por las calles de la ciudad, y aunque siempre frecuentaba los mismos lugares, ante la más mínima distracción perdía el rumbo, pero no le molestaba en absoluto; se entretenía observando personajes nuevos bajo la luz tenue de la luna. Los miraba reírse, moverse y hasta a veces gritar. Bajo el hechizo de su idilio nocturno, a veces tenía dificultad para diferenciarlos de fantasmas. De todas formas no la asustaba; los recorría con curiosidad, los estudiaba íntegramente y les atribuía las cualidades que a ella le convenían ocasionalmente.


Le gustaba pasar las noches sumida en ese trance perfecto: la realidad y la irrealidad fusionadas, la tranquilidad y el alma inquieta, la seguridad caprichosa y los flashes fugaces de aquellos vestigios de sus temores pasados. A veces, el silencio. Otras, le parecía oír una música proveniente de algún otro corazón que latía en algún otro sendero remoto al mismo tiempo que el suyo. Ella sentía una conexión extraña con esos seres y personajes, que tal vez eran más reales de lo que le parecían.Se volvían lugares comunes, sitios recurrentes. Cada vez se le hacían más y más conocidos.


Clara seguía caminando, ya nada la atemorizaba. No hacía frío y la brisa nocturna bailaba rozándole la piel y enfriándole las mejillas. Muy pocas veces redirigía la mirada hacia abajo, no temía tropezar. Es cierto que a veces perdía el sentido de la espacialidad y del tiempo, pero insistía en mirar hacia arriba y adelante. La fría y blanca luz de febrero, a las cinco de la mañana, era una guía más que adecuada para encontrar el camino de vuelta a casa y le permitía continuar con su tarea de eterna vouyer de madrugada.
Ella era una mujer joven pero que había vivido mucho. No necesitaba dormir, se había convencido de estar más allá de sus demandas físicas. Sus deseos y vivencias eran experimentadas de forma casi extracorpórea y había aprendido a prescindir de algunos de sus sentidos. Deseaba, amaba y odiaba sin necesidad de su cuerpo.


(Pero.) Pero después de un cúmulo importante de noches, cierto día, cierta luna, cierta noche, además de esa musiquita recurrente de aquel corazón que creía imaginario y lejano, Clara sintió un golpeteo vivo dentro suyo. Dolía, o no. Saltaba, sonaba, se movía, se sentía, estaba viva. Los personajes que vagaban despreocupados a la vera del camino, esta vez con los rostros inexpresivos, carentes de gesto alguno y guardando un silencio casi respetuoso. La luna seguía brillando, altísima y voluptuosamente pálida. Mientras, ella, sin dejar de caminar, se compenetraba con esa nueva vida subyacente de su pecho. Ahora sentía, misteriosamente podía recordar una experiencia similar lejana en el tiempo. Dentro suyo había voces vivas. No estaba dormida pero se sentía como despertando.La musiquita de aquel otro corazón, en aquel otro camino, en aquella otra ciudad imaginaria, estaba sonando cada vez más fuerte.
(Continúa)

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